01 abril 2005

SI LOS PROGRAMADORES FUERAN ALBAÑILES

Un amigo me ha mandado este texto por correo. Es de estos correos que circulan de buzón en buzón sin que nadie sepa su proveniencia exacta, ni el nombre del autor. Espero no ofender a nadie si lo pongo aquí, y supongo que muchos de vosotros ya lo habréis leído; pero es que es para reflexionar. A mí, al menos, no me ha hecho ni puñetera gracia.


Uno de enero: Hoy me han llevado al solar por primera vez. La
situación es perfecta: tiene el Metro a dos pasos y una cafetería
enfrente donde sirven menú del día. El viejo bloque de pisos, al que
va a sustituir nuestra nueva construcción, lleva un año al borde de la
ruina. Mi propia empresa ha colocado varios puntales que, por el
momento, han ido evitando que el caduco edificio reviente por sus
múltiples grietas. La construcción de este megalito de ladrillo dio
comienzo hace cinco años, y aunque los pisos superiores nunca llegaron
a recibir el agua, la electricidad y el enfoscado de las paredes, en
diez meses los cimientos ya se habían desplazado peligrosamente y las
vigas presentaban peligrosas fisuras. La cansada torre de viviendas ya
ha cumplido su propósito y ahora nosotros la conduciremos a una muerte
dulce. Por supuesto, el viejo edificio no será demolido hasta después
de construir y probar el nuevo, lo que nos deja poco espacio de
maniobra; pero no vamos a dejar a todas esas familias en la calle
durante la construcción. De cualquier modo, los vecinos de la vieja y
decadente estructura nos miran con recelo. Saben que el nuevo edificio
tendrá viviendas más cómodas, pero algunos de los residentes no podrán
costearlas. Ni sé qué va a ser de esta gente, ni es asunto mío. Llegan
los primeros camiones de ladrillos.

Dos de enero: Me han presentado a Alberto, la persona a quien "voy a
reportar". No me han dicho si es el capataz, el jefe de obra, el
aparejador, o el arquitecto; sólo me han dicho que todo lo que tenga
que "reportar", se lo "reporte" a él. Así que, por donde él diga, yo
zaca zaca, como una locomotora. Ésa es la definición que me han dado
de nuestra metodología. He buscado "reportar" en el diccionario, y no
aparece.

Seis de febrero: En algo más de un mes, hemos cavado medio metro de
cimientos. Ayer Alberto nos dijo que empezáramos a poner ladrillos,
porque el tiempo designado para la cimentación se había agotado hace
dos semanas. No aceptó nuestras excusas de que las prometidas
excavadoras aún no habían llegado, y que nos habíamos visto obligados
a cavar con las paletas de enyesar. Un compañero se trajo una pala de
cavar que guardaba de una obra anterior, y casi le echan por razones
deontológicas. Según Alberto, lo que pasa es que frecuentamos
demasiado la cafetería. El asunto se ha zanjado con un "hale, a
levantar paredes y luego que cada palo aguante su vela". El trabajo
sin planos es dificultoso. Los cimientos tienen una forma algo
pintoresca. He pedido una plomada para que las paredes queden
verticales, y he recibido improperios poniendo en duda mi
masculinidad. Ya sé que Alberto no es el arquitecto, porque el
arquitecto es un tal Ignacio. Pasó a supervisar la obra el otro día,
aunque aún no hay nada que ver. Me han llegado rumores, aunque no son
muy dignos de crédito, de que existen fotocopias de planos.

Doce de mayo: Anoche estuvimos hasta las siete de la mañana cubriendo
con tablas y enmoquetando el espacio que algún día ocupará el despacho
de la sexta planta, aunque el edificio no es aún más que una maraña de
vigas de todos los tamaños y algunas paredes que habrá que tirar más
tarde porque están en el sitio equivocado. Hemos traído baterías para
los fluorescentes y unos muebles de caoba preciosos. Por suerte, todo
estuvo a punto para la demo. Izamos al cliente con la grúa hasta su
futuro despacho, y pudo contemplar la vista que se disfrutaría desde
el emplazamiento. El viento hizo que la pared oeste, que dos de mis
compañeros sujetaban con la espalda, se derrumbara con gran estruendo
sobre la mesa de caoba en el peor momento. Gracias a Dios, el cliente
fue comprensivo: esto pasa siempre en las demos, y él está curado de
espanto, dijo mientras le sacudíamos el polvo del traje. Dice que el
lunes que viene vendrá a probar las instalaciones sanitarias.
Supliremos con cubos la inexistencia de tuberías.

Veintitrés de febrero: Han transcurrido casi catorce meses. Llevamos
ya siete de retraso y el edificio no acaba de superar el estado de
"casi terminado". Soy de los pocos albañiles que no ha cambiado de
obra en este tiempo. Alberto está consumido por la zozobra, y se pasa
el día en la cafetería trasegando Soberanos. El arquitecto no ha
vuelto a pasar por aquí. Los rumores dicen que existieron unos planos,
pero no eran de un bloque de pisos, sino de un polideportivo. Por lo
visto, en las reuniones del comité de construcción se dijo que la
filosofía era la misma, y que sólo harían falta modificaciones
mínimas. Ahora comprendo por qué nos hicieron instalar aros de
baloncesto en el hueco del ascensor. Siempre dije que acabaríamos
teniendo que quitarlos o aquello no era un hueco de ascensor, que era
cuestión de lógica. Alberto siempre me contestaba que no le viniera
con tecnicismos. Estoy perdiendo la vocación de albañil. He decidido
apuntarme por las tardes a un curso de informática, a ver si puedo
cambiar de vida. Este oficio mío no es serio.